Hace dos domingos, el día 6 de marzo, estaba pedaleando en bicicleta, con el maillot del club La Badana, como no podría ser de otra manera, y en uno de esos pensamientos en los que cae uno por casualidad, sin saber por qué, me di cuenta de la fecha. Ya hace veintidós años.

Cuando uno cumple treinta años y se para a mirar hacia atrás, es consciente por primera vez del significado contenido en el aforismo latino tempus fugit. Y es que por primera vez tus recuerdos vivos, frescos, como si hubieran ocurrido ayer, alcanzan ya lapsos de tiempo que van más allá de las dos décadas.

Hace veintidós años ayudé en misa como monaguillo por primera vez. E inconscientemente y sin saber de dónde ha salido tanto tiempo, parece que hubiera sido ayer. Aquella es ya otra época y no sé por qué ni cómo dejó de existir. Era la época en la que aún había numerosos veteranos vivos de la Guerra Civil, una época en la que por chocante que parezca y con coches como el Renault 19 y el Ford Escort rodando por nuestras calles, aún se veían no pocos carros de caballos en nuestros pueblos.

No teníamos teléfono móvil y si no estabas en casa no te podías comunicar a distancia. Y de eso hace veintidós años. ¿Ya veintidós o sólo veintidós? No me he parado a contar la cantidad de personas que he conocido y que han muerto en este lapso de tiempo. No es algo me guste hacer. Sin embargo, apostaría a que son cientos de ellas. Pasan demasiadas cosas en veintidós años.

En este periodo de tiempo, que ha transcurrido casi sin enterarnos, han ocurrido tantas cosas que parece que era imposible prever la situación actual. En el entorno personal y en un entorno más amplio. En 1994, Felipe aún estaba en La Moncloa. En 1994, cuando yo ayudé a misa por primera vez, aún quedaban muchos sueños y esperanzas que no se habían estrellado contra el irremediable muro de la realidad.

Publicado en El Adelanto Bañezano.

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