La afluencia de personas a los Carnavales de La Bañeza, pese a ser numerosa, ya no es la que era. La rentabilidad de nuestros negocios, a pesar de la tímida recuperación, ya no es la que era. Llevamos veinte años de envejecimiento irremediable y aparentemente irreversible de la población de esta comarca –y de las colindantes-.

Las ciudades de La Bañeza, Astorga y Benavente han mentenido su población en términos numéricos porque se han nutrido de la inmigración del medio rural que, sin sustituto viable para la agricultura y ganadería, se ve abocado al lúgubre camino de la despoblación. En el aire está la cuestión de si esa despoblación que parece irreversible será parcial o total. ¿Quedará gente en nuestros pueblos? ¿Y si no queda, qué ocurrirá en la capital comarcal cuando éstos desaparezcan como poblaciones?

Por desgracia, la reacción ante este fenómeno ha sido la indiferencia; el pasmo contemplativo de ver como la decadencia se apodera de una manera casi imperceptible de lo que otrora fuera una verdadera comunidad de residencia. Los pocos que advierten la situación hacia la que nos dirigimos suelen reaccionar con resignación. Otros intentan culpar a poderes públicos externos, haciendo quizá un análisis incorrecto de las causas.

Deberíamos haber sabido adaptarnos a los tiempos. La reacción, a estas alturas es mucho más difícil. Quizá aún sea posible. Adaptarnos a los tiempos debería haber significado más emprendimiento y menos resignación. Quizá deberíamos haber buscado, como hicieron en otras comarcas de España, otro medio de vida más acorde con los tiempos y las necesidades del mundo actual.

Hoy, en el siglo XXI, cuando las distancias se han acortado hasta lo inimaginable, cuando hay gente que puede, incluso, trabajar desde su casa con un ordenador con conexión a Internet, parece que no somos capaces de adivinar qué podría esperar el mundo que produzcamos en esta tierra para que no tengamos que irnos.

Publicado en El Adelanto Bañezano.

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