Que en nuestra zona, esa que se encuentra entre Benavente y Astorga, dejada de la mano de Dios, abandonada a su suerte, envejecida, situada en tierra de nadie entre Madrid y el Cantábrico una población alcance los doscientos habitantes es todo un logro. Salvo en las localidades colindantes a las tres pequeñas ciudades (La Bañeza, Astorga y Benavente), los pueblos de nuestras comarcas, concentrados en torno al viejo y rico Órbigo, otrora llenos de vida, están sufriendo un lento y triste ocaso sin que en el horizonte se pueda avistar solución alguna que palíe este mal.

Las viejas casas de tapia, sin nadie que ya se preocupe de recorrer sus tejados, tienen la podredumbre en sus a veces centenarias vigas, lo que nos permite adivinar lo que resta de la cuenta atrás para que la edificación que vio crecer a nuestros antepasados se vea reducida a polvo y ceniza. A nadie parece importarle ya. La cuestión clave es la siguiente: ¿Hay alguna solución? ¿A alguien le gustaría que esta tierra y sus innumerables localidades detuvieran el éxodo de personas hacia otras regiones en busca de la prosperidad que aquí se antoja imposible?

Si la respuesta es afirmativa está claro que en la mayor parte de nuestra región hay que ponerse manos a la obra ya. Hay que reducir los impuestos locales en todos los municipios de menos de cinco mil habitantes. Hay que hacer atractiva a inversiones una tierra muy bien comunicada con la Autovía del Noroeste y las que salen hacia Asturias, Galicia y Extremadura. Hay que tener una mentalidad mucho más abierta y no tener miedo a explorar nuevas formas de vida ajenas a las tradicionales de la agricultura y la ganadería. Sólo garantizando un medio de vida que genere ingresos suficientes puede ser posible la hoy remota utopía de resucitar para el mundo esta vega y esos páramos.

A los políticos no les gustan los beneficios fiscales ni las bajadas de impuestos. Pues ténganlo claro: la única forma que tiene esta tierra de prosperar es librarla de esas cargas de las que otros lugares no se pueden liberar.

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