Desde hace pocas semanas, en los huecos que me deja la agenda apretada que ineludiblemente el trabajo de abogado me impone, he estado llevando a cabo una sencilla pero rigurosa investigación sobre la historia de mi pueblo. A las posibilidades que nos ofrecen las nuevas tecnologías (cada vez hay más acceso a documentos históricos digitalizados en la web de los Archivos Españoles) he sumado la comprobación in situ de documentación, con la visita a archivos municipales y, lo que no deja de tener su importancia, preguntando a gente que vivió otras épocas.

No sé si hay muchas personas que hayan podido sentir la emoción de tener en sus manos un documento del siglo XIX en el que aparecen las firmas de sus antepasados. En todo caso, es un placer comprobar cómo escribían en aquella época, tanto por los trazos caligráficos como por la claridad del lenguaje decimonónico, en nada diferente del actual (salvo contados anglicismos) y sin embargo mucho más elegante y esmerado en su redacción.

Aunque no soy un experto, ni soy historiador -sólo un humilde jurista-, no puedo sino exponer aquí algunas de las reflexiones que con la experiencia de mis investigaciones de aficionado he podido realizar en los últimos tiempos.

Lo primero que a uno le llama la atención es el hecho de que vivimos en una zona (la que se encuentra entre Benavente y Astorga y que tiene a La Bañeza en su centro) que en el siglo XIX estaba muy por encima de la media nacional en alfabetización -quizá debido a que éramos pequeños propietarios-. Esta reflexión la hago por la variedad de firmas con diversas grafías que encuentro en cada documento, con nombres y apellidos que son exactamente los mismos que se dan con frecuencia en nuestros pueblos en la actualidad. Como es sabido, antiguamente, el que no sabía escribir no firmaba, lo hacía otro en su lugar, circunstancia que apuntala mi teoría.

Otra de las reflexiones, y esta debería llamarnos poderosamente la atención, es el hecho de que nuestros pueblos, hace 150 años estaban llenos de vida y de gente. Gente tan inteligente como la de hoy en día. Nuestros tatarabuelos tendrían menos medios pero no eran imbéciles. Por eso no deja ser tremendamente melancólico el hecho de tener que ver como hoy en día se abandonan a la ruina de los elementos (cuando no se derriban deliberadamente) muchas de las edificaciones que aquella gente construyó con el sudor de su frente.

Es realmente triste la pasividad que existe hoy en día por la historia y ante la propia supervivencia de nuestra zona a la desertización migratoria que se viene produciendo desde hace varias décadas. ¿Por qué es mejor emigrar a donde existen las condiciones de vida adecuadas que crearlas aquí? El mercado ha cambiado, cambiemos también nosotros. Tenemos el respaldo de la historia y como recurso, nuestra inteligencia, para salvar este legado.

Daniel Ortiz Guerrero.

Publicado en El Adelanto Bañezano.

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