No pretendo hacer un elogio nostálgico del que para muchos iletrados capitalinos es el símbolo cateto por excelencia. No quiero, ni creo que pueda, conseguir que vuelva tal estampa a las calles de nuestros pueblos. Sin embargo, con casi treinta años a cuestas, he podido comprobar y quisiera constatar la evolución de este elemento clave en la indumentaria tradicional de nuestras comarcas.

En concreto, y para precisar, quiero hacer mención a la vieja y tan célebre boina que llevaban hace no tanto nuestros abuelos, cubrecabezas inseparable de accesorios artesanales muchas veces innecesarios, como la cacha.

Cuando yo era pequeño, todo abuelo que se preciara lucía sobre la cabeza la famosa prenda, con el rabito coronándola, celoso de que ningún nieto travieso se atreviera a capársela. Era una estampa tan típica como el pañuelo cubriendo la cabeza de nuestras abuelas (o protegiendo las cabezas del sol en los meses de verano).

Yo, que fui monaguillo, recuerdo a los señores mayores descubriéndose la cabeza al entrar en la iglesia (eran de lugares humildes, pero no carecían de modales) y sujetándola en la mano durante el tiempo de duración de la ceremonia. Además, recuerdo que mi abuelo paterno tenía boina de domingo y de diario. Siempre convenía tener de quita y pon.

Pero si nos fijamos un poco más, nos damos cuenta de que es una prenda que ellos usaron desde jóvenes (basta con ver una fotografía de los años 50 en la que salga gente de pueblo en la plaza) y de que se trata de un símbolo y de una estampa de nuestros pueblos que con el tiempo ha ido desapareciendo, dejando lugar al sólo remplazo de la visera del tratante de ganado, más popular en nuestros días.

Sin embargo, siempre me acordaré de mi abuelo, con la boina puesta, soltándome veinte duros cada domingo a la salida de misa.

Publicado en El Adelanto Bañezano.

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