Siempre me ha gustado el pueblo. Pero no de la forma en la que lo entienden muchos. Me gusta imaginármelo como era antes, cuando aún estaba poblado, cuando aún quedaban jóvenes con proyectos e ilusiones. Como eran antes y cómo podrían ser ahora si la desidia, o el olvido no hubieran caído como una losa sobre ellos.

En la actualidad, la mayoría de los pequeños pueblos de la meseta castellanoleonesa están poblados por ancianos y los pocos jóvenes que en ellos moran, responden, en su mayoría (y no conviene generalizar) al perfil del estereotipo pueblerino. Estereotipo pueblerino del siglo XXI, entiéndanme: con Internet, con teléfono móvil, y con coche, cuando se baja del tractor.

Son pocos los jóvenes en los pueblos. Pocos y de escasa cualificación profesional. Ya me dirán, en principio, qué futuro le puede esperar a alguien con estudios universitarios o con una sólida experiencia profesional en la industria, en un pueblo del Páramo Leonés o de Tierra de Campos.

Sin desviarnos de la cuestión principal, creo que sería muy negativo para el país el hecho de que se consumara su despoblación interna. Se perdería una cultura centenaria, y el paisaje presentaría un panorama desolador entre las pocas y distantes entre sí ciudades que sobrevivirían en la meseta.

Es culpa nuestra. No de los políticos, o no sólo. Deberíamos arriesgarnos. Deberíamos tener ambición, habilidad, ganas de crear algo útil para el mundo en cada comarca de estas tierras yermas, hasta ahora, para la industria. Si el declive de la agricultura nos echa de aquí, tenemos que luchar porque en torno a cada cabecera de comarca resulte atractiva la idea de inversión, y debemos tomar la iniciativa nosotros mismos: fábricas, cooperativas, innovación. No hay nada en esta tierra que impida ese salto evolutivo. Si aun así fracasamos, al menos podremos decir que era imposible, y que morimos luchando.

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