La crisis económica que desde hace unos años ha venido sufriendo una sustancial parte del mundo occidental y que ha castigado de una manera especialmente dura a esta Nación, nos ha permitido conocer más a fondo circunstancias que antes pasaban desapercibidas.

La primera de esas circunstancias es que la inmensa mayoría de los ciudadanos no tenemos ni idea de cómo funciona la economía. Da igual que el sujeto con el que intercambies pareceres sea de sentires izquierdistas o conservadores. Ninguno basa sus argumentos en premisas sólidas y en datos incuestionables. De hecho, a menudo se argumenta en contra de la realidad. Y de poco sirve que la tozudez de los hechos demuestre que no se puede atravesar un muro de un cabezazo. El sujeto está convencido que si no lo atravesó fue porque no cogió la suficiente carrerilla.

Con las metáforas me refiero a las dos evidencias económicas que todos ignoran: en España, la cosa pública gasta demasiado (sólo hace falta ver la deuda pública) y los españoles pagan en realidad más impuestos que en la mayoría de los países de Europa (sólo Dinamarca y Suecia tienen tipos marginales de la renta más altos).

Con estas perspectivas entenderán que el fenómeno conocido como emprendimiento -o más castizamente, ponerte por tu cuenta- se antoje una titánica tarea a la que si sumamos la burocracia asfixiante, tan de aquí desde los tiempos de Larra, deviene imposible en gran parte de los casos. Esto es especialmente grave en un país como el nuestro, con un elevado nivel de paro juvenil: ni te contratan, ni te dejan intentarlo por cuenta propia.

Lo curioso de todo esto es que parece ser que a nadie le preocupa reducir el gasto público y la deuda. Nadie, en el ámbito político o social, parece creer que sea necesario bajar impuestos, tasas y demás instrumentos recaudatorios. Quizá sea que se vive demasiado bien con el dinero que proviene del esfuerzo de los demás.

Publicado en El Adelanto Bañezano.

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